Manifiesto en nombre de las ciencias del espíritu
He observado que en las ciencias de la materia (mal llamadas de la Naturaleza, precisamente por lo que expondremos), se está generando un cambio de perspectiva y visión debido a ciertos resultados que se derivan de la aplicación de la teoría del quantum. El punto en cuestión consiste en reconocer la intervención de la conciencia en la observación de los fenómenos moleculares. En algunos científicos el asunto termina ahí, en el cambio del fenómeno generado por el observador en particular. Pero para otros, al considerar que, si el fenómeno ocurre en todo lo observado, “tiene que haber” una conciencia que trasciende los observadores particulares, esto es, una Conciencia que subyace a la Naturaleza y que antecede a la materia.
Las consecuencias de dicha teoría, que se expone como una demostración científica, son de gran magnitud porque puede conducir a otra manera de percibir, de pensar y, tal vez, de sentir. Por de pronto, los presupuestos materialistas, que el mismo pensamiento científico había creado y sostenido durante siglos, quedarían refutados, obsoletos y científicamente demostrados como erróneos. Por esta labor, que sabemos ha sido muy minuciosa y esmerada, sin duda cabe felicitar a nuestros científicos.
Desde el punto de vista filosófico-espiritual, debemos celebrar que las ciencias hayan encontrado un punto de convergencia coincidente, pues, después del Romanticismo, que fue el canto del cisne del pensamiento occidental, no hemos visto más que ideologías nihilistas o materialistas, que, alienadas de la realidad espiritual, han contribuido al desconcierto general. De los orígenes de esta alienación y de su desarrollo en los diferentes períodos y lugares (que no puedo desarrollar aquí), me he ocupado en mi filosofía de la historia y del proceso psíquico que la ha generado, en mi Psicosofía.
En realidad, las subyacencia y preeminencia de la Conciencia o del Espíritu en la Naturaleza, la encontramos, con incontables variantes, desde los albores de la humanidad, en todas las mitologías y religiones, y, filosóficamente sostenidas, en el Idealismo occidental desde hace unos 2500 años, y en Oriente, desde hace un poco más (véase Civilizaciones Paralelas), y sigue siendo sostenida, dentro de un marco filosófico, por autores contemporáneos, como el responsable de este artículo. En rigor, lo que han encontrado los científicos es una realidad que trasciende tiempo y espacio, es decir, la metafísica, que es una vieja disciplina que viene preocupando a los filósofos desde hace 24 siglos. En filosofía no necesitábamos, pues, esta comprobación científica, que sólo se presenta como hallazgo y novedad en un ámbito ajeno a la realidad espiritual.
Sólo cabe lamentar que este descubrimiento haya sido un poco tardío, porque en nombre del materialismo “filosófico-científico”, hemos visto dictaduras brutales que, por citar las más desastrosas, han producido alrededor de 10 millones de víctimas con Lenin y Stalin, unos 50 millones con Mao Tse-tung, y un tercio de la población de Camboya con Pol Pot, y aún seguimos viendo otras dictaduras con campos de concentración para todos aquellos que no creen en la “evidencia científica del materialismo”, y que, como están en el poder, difícilmente aceptarán las nuevas teorías. Esto, por mencionar lo más grotesco, pero el daño psíquico que ha ocasionado la falta de libertad de expresión, que ha afectado el arte en esos regímenes materialistas, debe ser destacado: baste recordar la música, poesía y literatura que producía Rusia antes de la revolución, parte de las cuales fueron prohibidas por considerarse decadentes y contrarias al progreso material, como la música de Tchaikovski; siendo este unos de los genios que con mayor claridad ha expresado la función trascendente del arte. Si no se evalúa la magnitud del suceso, es debido al desentendimiento que se padece en estos tiempos con respecto a las ciencias del espíritu. (Remito a Las Raíces del Arte)
Por cierto, nuestra defensa de las ciencias del espíritu no puede ser indiscriminada. Sabemos demasiado bien que se las ha arreglado el hombre para desnaturalizar también estas disciplinas, pero esto es producto del dogma, que es, precisamente, consecuencia de la preeminencia de las facultades utilitarias sobre las unitivas, al extremo de generar una obturación mental dentro del discernimiento, que, además, sólo sabe de dualismos exclusivistas: Dios y hombre, espíritu y naturaleza, cielo e infierno, fieles e infieles, condenados y salvados, doctrinas falsas y verdaderas, etc.; lo que lo hace irreconciliable con las facultades unitivas.
Por el mismo mecanismo, también las ciencias de la materia han caído en el dogma de la razón, que, como es una facultad externa sólo acepta como “verdad”, lo que es comprobado en la materia, es decir, la “doctrina verdadera” es el materialismo, de la que se ha llegado a hacer casi una religión.
En fin, resulta con evidencia que lo que se respeta, predomina y decididamente ha triunfado, es el materialismo y, lo que es más grave, es que ha llegado a materializar las mentes, por eso se ha convertido al prójimo en objeto, a la Naturaleza en objeto de explotación, se ha cosificado la realidad, y hasta hay claros síntomas de mentes mecanizadas que se observa en multitudes que sienten placer en escuchar música electrónica repetitiva, literalmente monótona y carente de melodía.
Sobre el tema más comentado en la actualidad, la inteligencia artificial, del que todo el mundo habla maravillas, me limitaré a destacar sus peligros: En primer lugar, una relación que parece haber pasado inadvertida, pero que, desde la perspectiva de mi Psicosofía se muestra con claridad: que es una prolongación de la facultad más externa de la razón (llamo así al discernimiento), en la que el contemporáneo ha quedado encerrado por su obsesión con las utilidades materiales. Esta facultad, en efecto, es, por su naturaleza, dual, y su campo no excede el mundo físico. El sistema binario de la I.A. es el producto de la facultad menos creativa que poseemos; no sorprende que no tenga inteligencia. Si bien, el discernimiento, en el ser humano, no está desconectado del intelecto, que se alimenta, a veces, de sentimientos y de intuiciones que trascienden la razón, lo suficiente como para acercar el espíritu a las facultades espirituales que he llamado unitivas, porque tienden a la unificación de la mente, facultades que nacen de la conciencia moral, estética, religiosa y filosófica. Pero no es el caso de la ya famosa I.A. que ignora por completo estas facultades más elevadas que son, precisamente, las que nos definen como humanos; por lo mismo, lejos de ello, tenderá a deshumanizarnos.
De nuestras facultades, en la que se muestra más eficaz la I.A. es en la memoria, pero nuestra memoria está cargada de sentimientos y vivencias que este aparato no registra; lejos de recordarlos, tenderá a hacernos olvidar ese indispensable alimento del alma, a robotizarnos aun más. Tal vez el aspecto más nocivo de esta invención sea, que es masificadora, pues le da todo servido al usuario, lo que le genera una actitud pasiva tan propia del hombre masa. Si no estamos preparados para discernir y resistir la influencia de los medios de propaganda y difusión, que ya nos tienen adoctrinados y aletargados, si ya estamos “mediatizados”, mucho menos preparados estaremos para afrontar esta amenaza que ya está en marcha: la I.A. (Véase El Triunfo de las Masas)
La especialización, en aumento progresivo, es una de las características de la sociedad contemporánea, tal vez sea inevitable y necesaria a la sociedad, pero el especialista no parece advertir que se ha convertido en un pequeño engranaje, que lo lleva a disminuir su horizonte cultural, intelectual y espiritual, a quedar encerrado en un diminuto espacio terrenal; en otras palabras, enajenado de lo universal y perenne, es decir, de la filosofía. A esto se agrega el acecho de un peligro actual: muchas especialidades serán reemplazadas por la IA; si el especialista está vitalmente ligado a su profesión y ocurre que es remplazado, su desmoralización será total. Tal vez más que nunca necesite el hombre de las ciencias del espíritu, que no dependen de las novedades, que reflejan lo eterno de nuestro ser, lo que somos y permanece, son nuestro refugio ante el cambio constante y sorprendente.
En verdad, lo que más necesitamos de las ciencias y de la tecnología actual es que dejen de producir aparatos de destrucción y exterminio. Lamentablemente, ya los han creado. Entonces, precisamente, lo que los tiempos requieren es un cambio interno; que es lo que vengo proponiendo desde hace medio siglo. Y este cambio no se produce transformando la Naturaleza (premisa básica del materialismo), sino transformando nuestra conciencia. Con dicha premisa hemos invertido el orden de las cosas, la prioridad en el orden del conocimiento, que, evidentemente, debe empezar por el sujeto cognoscente, por el que es, no por lo que lo rodea, como si nosotros (y esta es otra falsa premisa) ya hubiéramos llegado a nuestra plenitud y pudiéramos disponer a gusto del resto de los seres vivientes.
El progreso material es inevitable, pero sí es evitable que los más progresistas no exploten a los más rezagados, aunque esto, como lo prueba la historia, no ha ocurrido nunca, ni ha de ocurrir hasta que el ser humano no cambie su conducta, es decir, hasta que no salga de su primitivo estadio mental de supervivencia. De hecho, hace mucho tiempo que lo ha superado, pero no ha superado su estado mental, y está visto que no ha de lograrlo con más tecnología, que genera sin cesar nuevos medios de explotación. La respuesta, aunque no la queramos ver ni aceptar, se halla en las ciencias del espíritu, que, tal como yo las entiendo y aplico, estos son sus objetivos: restablecer nuestra dignidad y humanidad en la sociedad e integrarnos en el Mundo.
Si hacemos un real acto de consciencia, admitiremos que la desesperanza, la falta de sentido de nuestra existencia, la angustia misma que tratamos de disimular con placeres inmediatos, entretenimientos, y el nihilismo mismo que profesamos, son signos claros de involución interna. ¿No será de nosotros mismos que queremos estar distraídos? Todo parece indicar que cuanto más dominamos la Naturaleza, más nos alienamos de nuestra propia naturaleza.
Resulta fácil juzgar a los físicos y a los políticos que los impulsan a aplicar el ingenio en invenciones diabólicas sin hacernos cargo de nuestra condición y responsabilidad. Todo parece indicar que, en nuestra identificación progresiva con nuestras facultades externas, creadas por y para la materia, no hemos advertido que hemos sufrido un proceso de alienación con respecto a nuestras facultades espirituales; es este proceso el que nos ha llevado a apostar nuestra fe en la materia, al extremo de confundir lo que somos con lo que tenemos, y, de este modo, a deshumanizarnos. Esto debe estar claro: En la medida que estamos alienados de nuestras facultades unitivas, lo estamos de nuestro destino.
Son varios los factores que han contribuido al modo de pensar y creer actual, que, por cierto, han sido ignorados; como sabemos, es la ignorancia la que ha causado y seguirá causando los mayores males en nuestra especie, pero seguimos cayendo en sus redes. Trataré de resumirlos, empezaré por el factor psicológico:
La red en la que habían caído nuestros científicos, fue tejida hace varios siglos por la razón misma, que los ha llevado a tomar como principio una conclusión lógica: el famoso cogito ergo… “luego, existo,”, “por lo tanto”, existe. Si bien ya advertía en mi primera obra, El Retorno a las Fuentes, hace casi medio siglo, en el Capítulo Pienso luego…:
“Tan pronto como pensamos transformamos la realidad en una abstracción, deja de ser lo que es para ser una abstracción. Cuando el objeto del pensamiento soy yo mismo, se comprenderá la consecuencia. Cuando me pienso mí mismo dejo de ser lo que soy, me auto aniquilo con el pensamiento, me transformo yo mismo de realidad en concepto. Cuando se dice yo pienso, imagino, recuerdo, etc., obsérvese que en rigor el yo va a destiempo con esos actos y que más correcto sería decir es el que pensó, imaginó, etc.
Podrá argüirse que esto no cambia el pienso luego existo, pues puede afirmarse: pensé luego existí; sin embargo, no es lo mismo soy que fui, el que fue tiene algo de muerto, de inexistente, pues no llega nunca a actualizarse como ser. Se admitirá esto, pero se sostendrá que estamos siendo demasiado estrictos con el tiempo pues sólo lleva un segundo entre el acto de pensar y el yo, es verdad, pero es este segundo el que lo desactualiza. El yo es una conclusión, una idea, no un existente. Como podemos establecer entre ambos una relación que podemos comprobar innumerables veces, concluiremos que existe un yo que pensó, que imaginó, etc. pero es aquí precisamente donde empieza la realidad en que vivimos, el espejo del mundo de los conceptos, cuando empezamos a vivir en y de las refracciones y por lo tanto de dualidades. No se trata de mostrar nuestra existencia con símbolos sino de vivir nuestra existencia y para esto hay que eliminar el espejo que no nos deja penetrar el presente y vivirlo. Tratándose de algo tan vital como nuestra propia existencia las demostraciones no bastan, hay que percibirse existiendo.
Objetamos, por lo tanto, al principio cartesiano que nos remite a nuestra perspectiva individual y así a nuestro mundo de abstracciones. A nuestro entender, el principio de una filosofía no puede ser un producto, algo construido, elaborado, sino, por el contrario, algo simple y sólido como una piedra fundamental. La filosofía sería el desarrollo de lo que nos es evidente precisamente por su simplicidad y Unidad. Un auténtico principio no debería necesitar de una prueba o demostración porque debe sernos tan indubitable que no necesite de ellas. Si el principio es precedido por un luego o un por lo tanto ya no es un principio sino un resultado. Yo no existo porque pienso, antes bien me vivencio viviendo, hay una evidencia de la vida que precede a mi pensamiento.”
Otro factor, muy mal comprendido, como era de esperar, es el filosófico, que los mismos pensadores en esta disciplina en lugar de resolver han contribuido durante dos siglos, al general desentendimiento.
Kant había demostrado de manera incontrovertible, y para siempre, que la razón no puede superar el mundo material, fenoménico; para trascender a este y entrar en la realidad nouménica, hacía falta otras facultades, y estas son las que he llamado unitivas. Son estas las que han poseído y aplicado, aunque no lo supieran, los filósofos idealistas en general.
El desvío empezó con Hegel, que no escuchó a Kant, al punto de llegar a construir un sistema filosófico con la premisa de que “lo real es lo racional”; la premisa era arbitraria e insuficiente, pero “científica”. Por cierto, ese castillo de naipes se derrumbó. Lamentablemente, el asunto no terminó ahí, por un lado, con los naipes que andaban por el suelo se construyó el materialismo “científico-filosófico”, cuyos daños ya hemos señalado. Por el otro, como se había tenido a Hegel como el máximo exponente del Idealismo, lo que sólo prueba que no se entiende esta doctrina, con el derrumbe que lo arrastró empieza el escepticismo respecto a lo Trascendente en el plano filosófico, que se agrava, con la anunciada muerte de Dios, en el plano religioso, lo que sólo prueba, también en este plano, la falta de entendimiento, pues es el Dios cristiano el que han enterrado; hay otras visiones de Dios, o de lo Trascendente, que nuestro apresurado agnosticismo nos ha impedido comprender (sobre este factor religioso véase Civilizaciones Paralelas).
A estos desentendimientos psicológicos, filosóficos y religiosos, debemos agregar la revolución industrial, que desvió nuestra mirada hacia los medios y nos hizo olvidar los fines; y, lo más alarmante, es que no tomamos consciencia de la gravedad de este olvido. El resultado es que sólo ha quedado la realidad secular. Este olvido de los fines, ha llevado al progreso por el progreso, esto es, al progresismo que, como ignora los fines, se proyecta en todas direcciones, de modo que edifica por un lado y fabrica los medios de destrucción por el otro; y esto es producto de la razón sin sabiduría. Restablecer la prioridad de la sabiduría, es función de la filosofía bien entendida; que llevo décadas tratando de restablecer.
La fe que se había volcado en la religión dominante, que ha dejado de ser vigente, se volcó en la materia y en sus transformadores. Observaba Ortega y Gasset, que si un extraterrestre preguntara cuáles son los más inteligentes en este planeta, todos señalarían a los científicos, no a Platón, ni al Buddha, ni a Beethoven; recurrirían, incluso para saber qué es la felicidad, al más renombrado, a Einstein, al mismo que, en carta registrada, aconsejaba a Roosevelt la fabricación de la bomba atómica. No seré yo quien niegue el genio de este y de los físicos atómicos, pero sí es mi deber destacar las consecuencias negativas de sus descubrimientos y de su modo de pensar. Sabemos, además, que esa misma bomba ha sido mejorada y multiplicada, y que se han perfeccionado los medios para lanzarla, de modo que ahora el destino de nuestra especie puede decidirse en pocos minutos; y esto es mucho más que falta de sabiduría, es demencia racional.
Cabe agregar que el coeficiente intelectual, tal como se suele medir, poco o nada tiene que ver con nuestra humanidad; hay ejemplos contundentes de ello. El mismo Darwin no dudaba en afirmar que lo que nos definía como humanos era nuestra moral; facultad espiritual por antonomasia. Sea científico, artista, político o mendigo, es por sus virtudes que debemos medir al hombre en primer término.
Las hipótesis, hasta que no son probadas ciertas, son creencias, y el conocimiento tiene lugar con la experiencia, tanto en las ciencias de la materia como en las del espíritu. Pero estas, las ciencias del espíritu, son de distinta naturaleza, su conocimiento no se adquiere en laboratorios, ni en escritorios, sino con una mente, sentimientos, propósitos y vida diferentes. La percepción estética, la práctica moral, el sentimiento religioso y la intuición filosófica son caminos carentes de materia sobre los cuales ningún aparato se sostiene y ni siquiera detecta. El método científico es acumulativo, y tampoco sobre dicho camino se puede acumular. La razón, que, como ya adelantaba, es dualista, ha dividido el modo de conocer en dos: subjetivo y objetivo, pero, más allá de la razón, mi teoría del conocimiento (remito a ella) ha expuesto un método que trasciende esa dualidad, que he llamado unitivo, que es enteramente de naturaleza espiritual.
La diferencia con los filósofos idealistas, que he comentado en mis obras, es que, cada uno a su modo, ha tenido una intuición trascendental, o una experiencia directa de esa Conciencia y es desde ella que deducen sus filosofías. Los físicos y filósofos cientificistas, han seguido una vía inductiva, los idealistas, deductiva. Aquellos infieren que tiene que haber una Conciencia, los filósofos idealistas saben que es la primera realidad y desde ella desarrollan sus filosofías. La diferencia de perspectiva y metodológica es radical y vital.
Se desprende de lo dicho que no basta descubrir algo que podemos etiquetar como Conciencia, y desde allí empezar a pensar, o seguir pensando en cómo tiene que ser el Mundo, sino, en despertar y actualizar esa Conciencia. Ante este desafío se encuentra la física quántica. Siendo la razón dual por naturaleza, si se ha llegado a una Conciencia por su medio, por más que se haya concluido que hay una Unidad, esta permanecerá como un concepto ahí, no va a producir una transformación vital. No es lo mismo pensar en la conciencia que desde la Conciencia, Ser la Conciencia.
He sabido de algunos científicos que, viéndose ahora, gracias al quantum, frente a una realidad de orden espiritual que trasciende la materia, se han puesto a filosofar. No me parece mal, pero mucho me temo que no alcancen más que realidades hipotéticas, mientras sigan usando el método científico, aplicable y eficiente en la comprensión de la materia, pero estéril en los asuntos del espíritu. Y no sólo el método, sino las mismas facultades mentales usadas por los científicos son impropias para este propósito.
Tomaré como ejemplo uno de los más notables científicos, Mr. Roger Penrose, premio nobel de física, persona de muy amplio conocimiento, que va desde las más lejanas galaxias hasta las partículas sub atómicas. Sus hallazgos son sorprendentes, es necesario admitirlo. Por ejemplo, nos informa que nuestros propios cuerpos están formados de átomos que pertenecieron a galaxias hace millones de años; es decir que somos parte del Cosmos. Me sorprende porque coincide enteramente con mi cosmología, pero observo que sólo expresa la relación material; faltaría explicar por qué esos átomos van buscando o son empujados hacia un Orden, pues todo indica que hay una fuerza que subyace a la materia que tiende a estabilizar y a crear, de lo contrario sería el Caos donde la existencia es imposible. ¿Por qué esos átomos se han organizado para generar vida? ¿No sentimos, acaso, los seres vivientes, un impulso vital, que no sólo mantiene el latido de nuestro corazón, sino que nos lleva a amar, a saber, a crear, que nos empuja, en fin, más allá de nosotros mismos, esto es, a trascendernos? Son dichas fuerzas unitivas las que le faltan a las ciencias para terminar de comprender el Cosmos.
Cuando Mr. Penrose responde por qué existen las religiones, lo hace de la manera clásica y comete los errores habituales. En primer lugar, toma como referencia al cristianismo, porque es la religión más extendida. Primer error, porque en este asunto la cantidad no hace a la calidad; error en el que ya había caído Toynbee. No obstante, sus argumentos son enteramente sólidos, al punto de demostrar que la doctrina no se sostiene. Para ello, aunque no lo expresa, usa los mismos argumentos que Giordano Bruno, sólo que, 500 años después, son mucho más fundados dado el conocimiento del tiempo y del espacio actual. Por ejemplo, el geocentrismo y antropocentrismo (es decir, la creencia de que Dios ha creado el universo para el hombre) se presenta hoy, a toda persona razonable, como absurdo, cuando se considera la magnitud infinita del entorno. También adelantaba Bruno la existencia de otros planetas; hoy se conocen cientos y se calculan miles de millones, de modo que la vida en ellos es más que probable. Del mismo modo, la supuesta encarnación de Dios en los tiempos de Augusto, resulta arbitraria cuando se considera que la humanidad lleva 300 mil años en este planeta. No obstante estos serios argumentos, todos resultarían inválidos si se entendiesen los mitos como tales y las parábolas como alusiones, pero ocurre que la doctrina, establecida por Pablo (no por Jesús) y seguida por la Iglesia, comete el mismo error: el de tomar como hechos reales (científicos) dichos mitos. Los mitos, como tengo explicado (en Civilizaciones Paralelas), son expresiones artísticas de la religión, y entender las artes desde la perspectiva de las ciencias es un sin sentido.
En otras palabras, lo que hace Penrose es volver a probar como insostenible la invención de Pablo: el hacer milagroso los hechos concretos, sólo aceptables por medio de una fe y esperanza ciegas. Pero eso es un invento posterior que sólo nos hace fieles a una doctrina; no es conocimiento, es creencia, y esta ni agrega ni quita nada a la situación ontológica de la divinidad. Aquí, en Occidente, el asunto se resuelve de la manera más pueril: se pregunta si uno cree o no en Dios; pero esto no decide más que una postura. El nóumeno religioso es asunto harto más complicado que eso, que, por lo mismo, no puedo resumir aquí. Sólo diré que lo decisivo es la experiencia de la realidad trascendente (a la razón); que es la que expresa Jesús, como tantos otros místicos y filósofos. Es en la comprensión de sus enseñanzas que radica el asunto; es legítimo decir: no los comprendo o no soy capaz, pero no lo es decir: no creo. No hay religiones falsas o verdaderas, sino caminos relativamente similares hacia un mismo destino. No pretendo de ningún modo justificar los desvíos y extravíos que ha habido en la travesía, pero nos sirven para recordarnos cuán lejos está el hombre de alcanzar dicho destino.
Hace unos 4200 años, precisamente en el texto sagrado más antiguo que se conserva, ya había sido expresada la clave para el entendimiento de este asunto: “La Verdad (Dios) es una, pero los sabios le dan diferentes nombres” (Rig Veda, L.1, Mantra 164, 46). Los hindúes han aceptado desde entonces este postulado con naturalidad; en Occidente y Medio Oriente, todavía no se lo comprende (o no se lo quiere comprender). Para los recelosos, podemos aclarar aun más este postulado: Dios puede no ser personal, tener voluntad, intención, ni forma, es decir, puede estar enteramente libre de todo antropomorfismo; en mi visión, para evitar malos entendidos, ni siquiera hablo de Dios. Tampoco el budismo tiene necesidad de hacerlo.
Mr. Penrose cala más hondo cuando, siguiendo la segunda ley de la termodinámica y la lógica del principio de la entropía, concluye que, si ha habido una Conciencia creadora, tiene que haber sido un genio matemático; pero nada nos dice de moral. Es decir, la moral sigue siendo una creación humana. Así como antes las ciencias de la materia imaginaban era la inteligencia, siguen sosteniendo, que la moral, como el arte, salen de nuestro cerebro. La concepción materialista sigue latente en la mente y vigente en la práctica.
En verdad, no deja de sorprenderme cómo llegan algunos a interpretar el arte en la historia. Escuchamos a antropólogos afirmar con certeza (¿científica?), que las pinturas y grabados en Altamira y Lascaux, fueron realizados para propiciar cazas exitosas. Pero ¡por todos los dioses! ¿no advierten que están aplicando su estrecha visión utilitaria a todo lo que encuentran? Pues no, señores, esas pinturas rupestres son expresiones artísticas de las que el hombre tenía necesidad hace más de 20 mil años; esos animales tenían algo de divino, de trascendente, como con evidencia lo mostrará más tarde el arte egipcio. La mentalidad mítica poseía la virtud de sacralizar la Naturaleza, la mentalidad semítica, antropocéntrica y monoteísta, la desacralizó; y ahora, con el descrédito del cristianismo, que, por ignorancia de otras doctrinas, se sigue tomando como referencia, se ha perdido hasta la noción de lo sagrado. (Para la comprensión de la mentalidad mítica, véase Civilizaciones Paralelas)
En su famoso libro Cosmos, pasa Carl Sagan por Grecia, y descubre unos utensilios y herramientas ingeniosas. Pareciera que la visión del Cosmos, para los científicos caídos en las redes racionales-materialistas, empieza con los primeros inventos utilitarios. Pues, tampoco, señores, los griegos tenían un vuelo que por su altura aun hoy no alcanzamos a comprender. El Cosmos, para ellos, empezaba con Lo Trascendente (a la razón) con los Inmortales y su lucha por establecer el Orden universal, episodio que estaba esculpido en el frontispicio del Partenón (obra destruida por fanáticos cristianos). Este Orden y su ruptura temporal, está expresado en todo el arte griego, (que no terminamos de comprender) y, de manera sublime, en la tragedia griega, que no ha encontrado paralelo desde entonces. ¿Nos hemos preguntado por qué alcanzó ese grado de perfección? Pues, porque reunía psicología, mitología, religión, literatura, imaginación, filosofía de vida y otras virtudes expresadas como Arte, de modo que contenía lo más esencial y decisivo de nuestra naturaleza, lo imprescindible a nuestra humanidad, esto es, las ciencias del espíritu. (Véase La Tragedia, en Las Raíces del Arte). La invocación a las Musas había sido tradición obligada de los literatos desde Homero hasta el Renacimiento (véase Las Invocaciones en Las Raíces del Arte). Podrá pensarse hoy que se trataba de simple retórica, pero los poetas durante más de 2000 años estuvieron convencidos que su inspiración venía desde lo alto; y este convencimiento no se explica como “creencia”, sino como comunicación con lo Trascendente. (véase Las Invocaciones en Las Raíces del Arte).
Son estas virtudes las que están clamando por resurgir en los pechos sanos, en almas vitales. Hace más de un siglo que se viene anunciando La Decadencia de Occidente, que coincide con el progreso material. Todo parece indicar que cuanto más piensan los científicos y tecnólogos, menos piensa la gente en general, que se torna pasiva y desanimada. Si a este estado de ánimo le agregamos la IA, vamos a presenciar una sociedad de obesos de cuerpo y espíritu. No sugiero que aquellos dejen de pensar, sino incitar a todos a pensar mejor sobre la presente situación, pues es evidente que “no estamos a la altura de las circunstancias que hemos creado.
Debemos agradecer a las ciencias y a la tecnología el que hayan agrandado y mejorado el estadio de supervivencia, esto es, nuestro estadio animal, pero el error radica en atribuirles funciones ajenas a sus capacidades, en creer que estamos evolucionando en todos los órdenes gracias a las mejoras externas o materiales. Pues, no, señores, estamos simplemente aumentando el hormiguero humano, no estamos saliendo de él, antes bien, cuanto más aumenta y mejora, más encerrados estamos en nuestro antropocentrismo y egoísmo. El camino a seguir, ya estará claro, para superar este hormiguero, es el de las ciencias del espíritu.
No hay oposición entre estas ciencias, sólo cumplen distintas funciones: Si queremos más confort, facilidades y aparatos, constructivos y destructivos, o si optamos por más bondad, belleza, integración social e internacional, paz interna y externa, humanidad y sabiduría. Obedecen a distintas facultades, intereses, medios y objetivos. Una es fruto de la razón sistemática y estudio de la materia, la otra, de una vida prioritariamente contemplativa, que genera otros modos de percibir, pensar y sentir. Después, si se quiere filosofar la experiencia adquirida, es necesario también el pensamiento sistemático, pero adaptando siempre la razón a la experiencia espiritual, y no viceversa. No es una ciencia o la otra, pero, por las razones antedichas, las prioridades deben estar claras. La razón es simple: cuando las ciencias se aplican estrictamente a la materia, no necesitan de la realidad inmaterial, entonces tienden a prescindir de los valores espirituales, y es entonces que comienzan los equívocos, no en su ciencia, sino en su aplicación, en su uso, y este es un problema que concierne a las ciencias del espíritu, particularmente a la moral.
No se trata sólo de valores abstractos. Al tratar, en mi Psicosofía, a las ciencias del espíritu, me estoy refiriendo a conciencias, que son partes constituyentes de nuestra mente y naturaleza, que son los referentes insoslayables para pensar, sentir y actuar. Las conciencias, moral, estética, filosófica y religiosa, son las facultades trascendentes que nos conectan con el Cosmos que somos. Ser conscientes no es sólo estar despierto y tener razón y memoria, sino tener dichas conciencias unitivas presentes y activas. De ellas dependen nuestras tomas de consciencia que iluminan y enaltecen nuestro conocimiento, y, en sentido inverso, perder su contacto es pérdida de conciencia; es lo que entiendo por alienación. Los agnósticos deberían considerar este modo de ver la mente y la realidad.
No sería extraño que estas nuevas hipótesis científicas, e incluso mi propia obra, generaran ahora una ideología del pan-psiquismo, un poco más interesante que las que están en uso, pero no pasaría de ser más que otra moda intelectual. Pues, no es agrandando nuestro yo o conciencia habitual, sino transformándola en otra Conciencia, más elevada en todos los órdenes, particularmente en el moral, que debemos encaminarnos, pues está visto que, si seguimos siendo los mismos, el desastre es previsible.
Tal vez todo puede resumirse a esta evidencia: Nuestra especie está mucho más cerca de su destrucción que de alcanzar su plenitud, esto es, felicidad y sabiduría. Está claro que estamos siguiendo un camino equivocado; y que seguirlo hasta el final es insensato. La respuesta se desprende con igual claridad: Un cambio de visión y acción es indispensable; tal vez impostergable.
Este cambio sólo tendrá lugar cuando tengamos la experiencia vital (vivencia) de que el Bien y lo Bello, como percibía Platón, son principios creadores; Plotino, y el autor de este manifiesto, lo confirman. Cuando sepamos y sintamos que somos una extensión de un Orden moral universal. Y esto, como he destacado en mis comentarios al Idealismo, no es una novedad, Fichte se esforzó en demostrarlo. (véase Las Raíces de la Moral). El que no hayamos alcanzado esta moral trascendente, no debe llevarnos a desconectarnos con nuestra moral inmanente, que está ahí para indicarnos el camino presente, y es el mismo que nos lleva a trascendernos.
Schelling, por su parte, veía la trascendencia del hombre a través del arte, también Schiller y los románticos en general (véase Las Raíces del Arte). Poco después Rubén Darío exclamaba: “El arte es el glorioso vencedor. Es el arte en el que vence el espacio y el tiempo”; y supieron contar con numerosos seguidores; pero fue entonces que empezó el extravío materialista.
Es legítimo observar y estudiar el universo como un mecanismo, pero esa es su parte visible a la que se puede aplicar la matemática y la física, todavía queda aquello que impregna el universo, el Espíritu que lo anima, la Vida misma de la que todo participa, pues cada existente, cada célula necesita ser suficientemente consciente para estar en el Mundo. Y esta Inteligencia-instinto es sólo una de las emanaciones de la Conciencia universal; emanaciones sólo perceptibles con las facultades idóneas, cuando son llevadas a un elevado nivel de consciencia; que se adquiere ya muy lejos de la razón.
Cuento con sobradas razones para proponer un Neo-Renacimiento; considero que es el medio adecuado para salir del lamentable estado actual. El Nacimiento (Grecia), el humanismo en el Renacimiento y la exaltación de los sentimientos en el Romanticismo, demuestran una conciencia distinta a la racional, que supera en mucho la visión materialista. Esos movimientos han sido los que efectivamente han generado los grandes ascensos de consciencia en la historia, como sostiene con énfasis mi filosofía de la historia (véase La Evolución del Espíritu).
Se comprenderá que no me opongo a la labor de los científicos, sólo he querido señalar sus límites. Sería también injusto con muchos de ellos que no han perdido su humanidad y que ya están incursionando en el ámbito espiritual. Con más de una veintena de ellos he compartido un libro, Exploring Consciousness, en el que resumo mi concepción de la Conciencia universal; desde cuya perspectiva las prioridades antedichas quedan expuestas con nitidez. Es más, el mismo Penrose, que comentaba más arriba, en sus últimas exposiciones confiesa que el gran Problema actual de las ciencias es el de la conciencia, e incluso se pregunta si no habrá una conciencia expandida en el cosmos. Pero admite que hasta aquí llega él y las ciencias más avanzadas. Lo decisivo es que las ciencias han abierto una puerta que conduce a la realidad inmaterial, que es de donde se nutren las ciencias del espíritu; y se comprenderá que hablo en nombre de estas ciencias dentro de un marco filosófico coherente con las ciencias de la materia.
También las ciencias, desde su perspectiva, podrían investigar el vínculo de la Conciencia con las realidades inmateriales a las que tienen acceso, en particular los fotones, pues la inteligencia, la intuición y la inspiración han estado desde siempre, en el ámbito religioso y artístico, vinculadas a la luz. Que los egipcios, los griegos, los hindúes, los incas y los aztecas hayan rendido o sigan rindiendo culto al sol, es más que un indicio. Es más, los dioses vinculados, más que al sol, como materia: Febo, Surya, a la luz, como espíritu: Apolo y Vishnú, representan la Inteligencia misma (y pensar que los griegos y los hindúes son ingenuos, es expresar nuestra propia ingenuidad). Y esas mismas facultades espirituales me llevan a establecer ese vínculo. Ya he sugerido en mi cosmología, que las estrellas, además de producir calor y luz necesarios a la vida, expanden (no la crean), inteligencia; los fotones podrían ser vehículos cargados de inteligencia que alimentan la conciencia de los seres animados. Pero dejo esta idea en manos de los científicos, pues sería maravilloso que estas ciencias terminaran sus discrepancias y concluyeran en un abrazo fraternal; es este, en última instancia el propósito de este Manifiesto.
Por estas y muchas otras razones similares, mi obra lleva el propósito de generar la experiencia vital de la Conciencia universal. Esto implica un desplazamiento del núcleo de conciencia que genera un cambio de perspectiva radical. No es el conocimiento del comportamiento de la materia el que va a producir ese cambio, sino el conocimiento de nuestra verdadera conciencia, previa superación de la conciencia con la que, erróneamente, nos hemos identificado. Lo prioritario es el conocimiento de nuestras circunstancias internas, que llevan a la percepción de las emanaciones de la Conciencia universal, pues son ellas las que otorgan sabiduría, y sin sabiduría no hay filosofía, y sin filosofía (que no debemos confundir con las ideologías que en estos tiempos se usan), las sociedades se desmoronan.
A mi entender, el desenlace más beneficioso que puede generar el hallazgo científico que nos ocupa, es despertar un renovado interés por las filosofías idealistas, que son, con toda evidencia, las que tienen más claro el panorama espiritual y, por lo mismo, las más conducentes al conocimiento de nosotros mismos, y, de este modo, alcanzar una perspectiva esencial que abarca las perspectivas particulares (véase mi teoría de las perspectivas).
No faltarán quienes digan que lo que llamo ciencias del espíritu, no son tales pues no son demostrables como las de la materia, a lo que responderé: Si hay algún mérito en mi obra, radica en el esfuerzo que he hecho para que sean, en efecto, ciencias. Las he despojado de todo credo, dogma, determinismo, subjetivismo, relativismo, exclusivismo y otros ismos, las he fundado en la experiencia, y he proveído los medios para alcanzarla por medio de: una teoría del conocimiento, una psicología trascendental (Psicosofía), una ética, una estética, una filosofía de la historia y una metafísica. Esta experiencia de lo Trascendente, no es un invento mío (mi filosofía busca verdades, no novedades), ha sido constatada reiteradamente durante 2600 años en el budismo y en el hinduismo (las similitudes y matices en su interpretación han sido destacados debidamente en La Evolución del Espíritu y en Civilizaciones Paralelas). Y, si esto no resultara suficiente, están todos invitados a contribuir al mismo propósito, pues mi sistema filosófico es abierto y es su designio esparcir este conocimiento en la convicción de que nada es más útil y necesario a nuestra especie.
Mi filosofía, que ha procurado hacer converger y organizar el pensamiento idealista universal, no trabaja con ideales imaginados o hipotéticos, no predica la esperanza de encontrar mundos etéreos o celestiales, sino que actúa sobre niveles de consciencia comprobables, generadores de experiencias espirituales, que conducen a una visión que exhibe la Realidad toda, espiritual y material, el Universus en el que estamos y somos. Y es en esta Unidad de Conciencia que se halla la plenitud de nuestra mente y de nuestra existencia. En la convicción de que esto es así, toda mi obra está dirigida hacia ese Destino. (Para una explicación detallada de lo expuesto, véanse las obras citadas, en particular: La Búsqueda de la Conciencia Universal.)

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